Querido psicoanalista


Inmersa en la oscuridad. Mi rostro iluminado por el alto contraste del aparato enmarcando mis ojos con las ojeras rodeándolos, entintadas en azules, morados y casi negros. El silencio se quiebra estrellándose dentro del aire que pretendía ingenuamente estar disfrazado de realidad cuando escuché su zumbido sobre mi cabeza. Sus patas se detuvieron entre mi cabello mientras aun aleteaba, con la mano la sacudo de mi cabeza y escucho el zumbido volar; dentro de la palpable ceguera mi mano roza algo más, un objeto desconocido que no debía estar ahí aun sabiendo que soñaba. Plástico. El miedo me acelera y al despegar los ojos de la luz—después de que las pupilas se dilataran—encontrarme sentada observándome desde el escritorio; las piernas cruzadas y las manos sobre la rodilla. Era una silueta, sólo una silueta negra. Una silueta negra que sabía que era yo, sabía quien era yo.

 

Texto: María José
Imagen: Louise Riley

 

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