Rosas de látex


Tal vez ese día la desgracia me siguió. Creo que fue el mal olor de mi blusa—la ropa húmeda que se guarda siempre olerá mal—y mi fotosensibilidad. Era uno de esos sentimientos errantes que te persiguen en cualquier día y sólo no sabes por qué los sientes.

Me despertó el sonido de una alarma de coche—después de la cuarta vez que se repitió la frase, me fue imposible dormir—y desde el momento en que abrí los ojos, algo se sintió venir. Era tener la sensación de un cuerpo lánguido, un poco flotante, pero pesado; un vacío que me llevaba al centro (claro, uno jamás está consciente de su centro).

Salí para encontrarte, tenías los químicos y nos veríamos para estar toda la mañana trabajando. Bajé las escaleras fumando, consciente de que era tarde y sin haber abrochado mis agujetas,—sólo lo recordé mientras bajaba—repetir la palabra abrochar, abrochar, abrochar, abrocharabrochar, rabochar, rabochar, char.

Al salir a la calle, la alarma de coche por fin se calló y entonces fue como uno de esos silencios ensordecedores imposibles de escuchar, de esos que sólo se dejan sentir en la piel. Mientras caminaba, concienticé los olores en la calle: caño, jazmín, hierro en mis manos, conglomeración, periódico, metatortas y miados. Cuando los sentidos se concientizan siempre es una señal, no quise tomar partido.

Seguí caminando con prisa, mis espinillas lo empezaban a resentir y aún me faltaban ocho cuadras—siempre me ha dado risa que los transeúntes animados de los semáforos también se apuren, o sea también tengan prisas—y el sol hacía que mis cejas se fruncieran. Ya tengo arrugas, las del sol en los ojos y las del cigarro en los labios.

Me fui olvidando de la pesadez vacía mientras recreaba nuestras últimas conversaciones; eso de la literatura telefónica sonaba ingenioso—representar a ese González de Hiriart que llama desde el Instituto de Claustrofobia Recreativa—o tal vez sólo ocioso pero me gustaba la nueva modalidad. Creo que nos quedaba bien la frase citada en el fragmento: “la solución del misterio es siempre inferior al misterio”. Tenía tanto tiempo desde eso; algo que nunca empezó por lo cual no podía terminar pero tampoco se podía ir del todo. A fin de cuentas nos veríamos después de mucho. La idea me sonaba trillada y romántica, a la vez la curiosidad me mató y como gato—lamiéndome los bigotes también—me puse lencería de la que sólo se compra para ser desvestida.

Fotos. Las fotos. Fotos del viaje, el viaje. Las instantáneas las habíamos perdido, el mar se llevó la cámara. El único pretexto fue haber encontrado mi réflex; siempre supe que la habías perdido, pero en esos momentos era cuando todo lo que hacía el otro era detestable, incluso me llegó a molestar la forma en que le hablabas al perro. Y a tu mamá y a tu jefe y a los meseros y sobre todo a mí. Preferí que te quedaras con la réflex a tener que marcarte y conversar cortés e incómodamente para pedirte la cámara.

Seguir con la caminata. Te tenía, a veces, esa clase de odio que me hacía amarte. Creo que por eso no me aburrías jamás. Podíamos hacer el amor en el cuarto oscuro y después intoxicarte con químicos de revelado—un nuevo tema para la literatura telefónica—o incluso intoxicarnos si me arrepentía. Entonces venían las imágenes a mi mente: la playa con su característico sol de “pasamos un buen rato”, mis piernas blanquísimas y las tuyas flaquísimas, el cabello hecho un nido y las manchas de limón en la piel. Jamás habíamos visto esas fotografías, mucho menos juntos, mucho menos revelarlas juntos, mucho menos volver a verte los lunares. Siempre intentando captar los momentos clave para recordar lo que quería recordar y no realmente lo que había sido; mi obsesión por aferrarme a los momentos. Las fotos no sólo eran capricho.

Estabas igualito, tu barba picaba igual, tus cejas sin peinar y la característica suciedad de tus manos. No hablamos, sólo hicimos una mueca, me tomaste del brazo y continuamos caminando; recordé lo mucho que apreciaba que tuviéramos el mismo ritmo al caminar. El estudio no estaba tan lejos como habías dicho,—seguíamos sin hablar, “hablar es para los débiles” decías—nuestra respiración se escuchaba rítmica e intuí que odiaste mi olor a cigarro por la mirada que lanzaste.

Un edificio con escaleras eternas, subimos y subimos y subimos hasta que llegamos a una habitación con puerta blanca y de cristal que cruzamos para adentrarnos en la oscuridad química del cuarto.  Entramos y grité,—rompí el silencio sin hablar, eso era ingenioso—reíste y me abrazaste. Paréntesis. Me soltaste para empezar a preparar todo: eras tan meticuloso que disfrutabas haciéndolo sólo. La habitación tenía el clásico tendedero donde colgabas tus últimas fotos,—tu hija retratada cien mil veces—tenía también la tenue luz roja, una tabla de madera empotrada a la pared que hacía las veces de mesa y unas repisas metálicas donde estaba lo necesario.

Pusiste música, buen augurio, seguro también querías desvestirme. Cruzaste delante de mí para continuar con tu labor en la mesa de trabajo. Te contemplaba de espaldas, analizaba tu ser y figura, parecías concentrado. Empecé a desabrochar los botones de mi blusa, luego me bajé la falda; quedándome con las medias caladas puestas a medias sobre los calzones y los botines. Caminé hacia ti, lentamente—como siempre se dice que se camina cuando se va a seducir a alguien—y me detuve a la mitad esperando que voltearas. No lo hiciste. Del suelo con azulejo dominó, avancé otro cuadrado, otro más y otro, era como en un juego de ajedrez. Seguías sin voltear, seguíamos sin hablar. Abrazo tu cintura, coloco mi cara sobre tu hombro y a lado de tu cuello, grito—todo fue en fragmentos de segundo—y al escucharme tu cabeza se levanta para estrellarse contra la repisa metálica. De tu nuca comienza a escurrir sangre, palidezco, hago cara de horror; volteas hacía mi, los ojos casi en blanco y caes directamente contra el suelo.

Ya terminé de revelar las fotos, sí las guardé. Jamás pensé que tendría que inmortalizarte en ellas. Tal vez alguien tenía que sacrificarse por la causa; ya no podíamos seguir así y cuando no concluyes las cosas por tu cuenta, la vida se encarga de hacerlo. Puta vida de mierda.

Texto: María José
Fotografía: María José

One comment

  1. INSOMNE ERRANTE · octubre 11, 2011

    Muy bueno, y con final sorpresa, como debe ser.
    Saludos

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